Querido Julio

Llevo semanas pensando, escribiendo, borrando y volviendo a escribir. Solo a mi se me ocurre escribirte a ti que estás en un pedestal tan alto que no podré llegar a entregarte nada que esté a la altura y sin embargo aquí estoy, una vez más, soltando alguna palabra, mezclando letras y cruzando los dedos para que salga algo respetable, algo que no merezca ser arrojado a la basura.

No soy normal, ni tu tampoco lo eras. Qué raro eras hombre. Un argentino que nació en Bruselas y murió en París, casi como Gardel a quien se le dio por nacer en Montevideo y morir en Medellín y aun así -como tú- es un emblema argentino. Al final todos somos del sitio donde estamos.

Afuera el día está soleado y miro por la venta sin ver a Flanelle. No veo a ningún gato, pero lo imagino, cierro mi cabeza y me imagino lo que no existe, lo formo en mi cabeza y cobra un aspecto cercano a la realidad. Te imagino, te pienso rodeado de libros, con tu cámara en mano junto a la ventana de la rue Martel imaginándote historias para que nosotros, los mortales, las leyéramos luego y te imaginemos pensando.

No creo que haya venido a hablarte de gatos, ni del clima, ni siquiera de la rue Martel. Muy bien la conoces como para que te dé yo detalles de direcciones con casas llenas de libros donde llora el jazz y las historias se tejen como las telas de arañas veloces, intrépidas que no nos quieren hablando de banalidades. He venido a verte, a estar contigo, a decirte que hace unos meses fui a ver a Miles y le hablé de ti, me acerqué sintiendo su trompeta como ahora me acerco a ti rodeado de cronopios, de famas, de un tal Lucas, de Rocamadour o de conejitos saliendo de las entrañas.

Es como si me pusiera guantes de goma para hablar. Me atrapo en mi. Se me hace un nudo en la garganta y te lloro. Es inútil llorar pero nosotros, los que estamos de este lado, los mortales, no llegamos a comprender la existencia más allá de lo corporal a la que arribaste y sin embargo ahí estás tranquilo en ese estado de permanencia, más allá de todo.

Nosotros, los que nos quedamos aquí seguiremos leyendo, seguiremos disfrutando y, cada vez que podamos vendremos a verte, te escribiremos y te recordaremos porque al fin y al cabo para eso están los amigos.

 

Carta leída a Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse en enero de 2016