Los libros son una contradicción. No lo fueron siempre. En esta vorágine de mundo comercial hambrienta por venderlo todo, ya no duran nada. Son efímeros.

La visita a una librería es un encuentro con con un mar de novedades y encontrar algo que perdure es casi imposible.

El único lugar donde parece perdurar un libro es en la memoria de las personas. Se frena el tiempo en las bibliotecas de las casas. Las bibliotecas rompen con el tiempo y hacen a una obra permanente, lenta, interminable.

Aunque en realidad nadie los vaya a leer una segunda vez, los libros permanecen allí, en las bibliotecas de las casas como un recuerdo del placer, o el disgusto, que han provocado. Es nuestra memoria materializada.

Porque excepto por los manuales de estudios del colegio muy pocos vuelven a leer el mismo libro. Como lectores, tal vez, miremos alguna novela vieja, releamos alguna página y lo devolvamos a su sitio.

Entonces ¿por qué guardamos los libros?

Tal vez por materialismo, tal vez por cariño a aquello que pasó -como si se tratara de una fotografía vieja- o, tal vez, porque nos recuerda lo que éramos antes y lo que fuimos después de esas hojas.

Pero no pasa eso en las librerías. Una librería es como un restaurante donde cada día tienen un plato diferente, novedoso y que atrapa al comensal desde la primera cucharada. Un mundo donde todo se vende y se compra pide novedades, defenestra la memoria y convierte a las bibliotecas de las casas en un rincón de colecciones más que en un espacio de memoria y de construcción.