Cunchillos es un pequeño punto en el mapa de España donde muy pocos posaron la vista. No tiene más de 150 habitantes; su historia es interesante pero nada famosa y ni siquiera por una tragedia sale en portada de periódicos. Pero lo que pocos saben es que en ese lugar se resguarda un grupo de luchadores casi anónimos.

Allí, en esa planicie de un rincón de Zaragoza hay un grupo de personas que ha decidido pelear contra viento y marea para hacer algo tan simple como mágico: organizar un concurso literario.

Sin medios que lo difundan, sin recursos económicos que le ayuden a entregar grandes premios y sin muchas otras cosas el concurso se ha lanzado con ganas, espíritu de lucha y mucho interés por la literatura.

Hace unos meses, cuando vi que un poblado muy pequeño presentaba su propio concurso literario decidí participar.

Lo hice con la ilusión de formar parte de un grupo loable, plausible y que merecía respeto por hacer las cosas a pulmón. Podría haber enviado mi cuento a otro sitio donde tenga garantías de publicación, dinero o difusión, pero lo hice en el certamen de este ignoto lugar porque había otras cosas más importantes en juego.

Los organizadores han creado algo interesante lejos de las luces, lejos de la parnafernalia mediática y lejos del dinero. Imagino que no rechazarían nada de eso si se lo ofrecieran, pero aún sin ese apoyo lo han hecho.

Me encariñé con el concurso, con los organizadores y con una localidad que, tal vez, no pueda visitar nunca.

Envié mi relato. Envié y esperé sentado mientras escribía más.

El cuento hablaba de una abuelita que ordeñaba una vaca mientras en su casa sucedía una tragedia apacible e inevitable.

Finalmente la abuela de mi relato, Francisca, tuvo éxito. Agradó a todos y obtuvo el Segundo Premio para darme una gran alegría.

Como era de esperar no salí en los periódicos, no me llovieron billetes ni publicaron mi libro. Pero debo confesar que me ha hecho una profunda ilusión porque es allí, en los lugares donde las personas luchan contra molinos de viento, donde merece la pena ser reconocidos.