Son las cinco de la noche. Aquí oscurece muy pronto y si forzara mi texto al color del cielo podría decir que es noche desde las tres y media hasta las ocho y media. Las noches son largas pero poco importa porque en realidad no venía a hablar de la noche, sino de las ideas que pasaron por mi cabeza desde que me desperté, de las ideas que me llegaron en todo este día.


Sé que a primeras horas del día se me ocurrió un personaje; unos minutos después pensé sobre una escena y, como me pasa en los últimos años, tuve unos debates internos sobre la sociedad actual.

Pero no voy a escribir sobre ninguno de ellos por una razón importante: No los recuerdo. Puedo acordarme de la cáscara pero no del contenido. Mi memoria se diluye sin que yo sepa muy bien cómo resolverlo.

¿Por qué cuento todo esto? Porque me senté a escribir algo y no se me ocurrió nada.

Mi proceso creativo funciona más como un trabajo que como un ser inspirado por la gracia del cielo. Me levanto a las cinco de la mañana y me siento frente al ordenador a trabajar. A veces me salen cosas realmente ingeniosas, a veces no tanto pero me esfuerzo.

Tiempo atrás llevaba conmigo una libreta donde apuntaba todo lo que se me ocurría. Iba en el metro o estaba sentado en un parque y si se me ocurría algo lo escribía. Luego, con calma, ampliaba la idea. Era cómo cocinar los ingredientes y luego emplatarlo. No sé cuándo dejé de hacerlo, pero sé que con esa pérdida de costumbre he perdí muchas buenas ideas también.

Llevar una libreta significaba, para mí, usarla para guardar ideas que se me ocurrían y no para sentarme a escribir en ella. Un ayudamoria.

He aprendido, a golpe de experiencia, que la creatividad y el trabajo van de la mano y son compañeros que es mejor tener unidos porque de lo contrario todo lo que cree quedará inconcluso.