Hace 8.600 años alguien cogió el caparazón de una tortuga y con algo, tal vez una piedra, escribió “ojo”. El hallazgo, hecho por el científico Garman Harbottle, muestra es el registro más antiguo que existe en la tierra sobre la itención del humano de tratar de dejar su rastro escrito, una señal de su paso. El hombre, tal como lo conocemos hoy o como fuera hace 8.600 años se abraza al deseo de comunicarse y de expresar lo que piensa.

Hace unos meses la revista Business Insider estimó que cada día se publican aproximadamente 500 millones de mensajes en Twitter. El análisis no tiene en cuenta otros medios de difusión pero arroja números anuales tan grandes que no son fáciles de pronunciar.

Es paradójico que el primer registro de escritura que conozcamos se haya hecho sobre el caparazón de un animal caracterizado por la lentitud, la tranquilidad y la paz.

Producimos actualmente tanto contenido que no es posible, por falta de tiempo, consumirlo. Esto que estoy escribiendo ahora mismo es un ejemplo de ello. Y entonces ¿por qué escribimos?

Escribimos por placer, porque queremos dejar testimonio de lo que pasa y de lo que pensamos. Escribimos porque esperamos que alguien nos lea. Yo escribo porque me resulta más fácil usar el teclado que la boca; escribo porque mi memoria es cada vez más frágil y porque, mucho tiempo después -estoy seguro de ello- volveré aquí para saber cómo me fui moldeando.