Antes de escribir El Hambre, Martín Caparrós se encontró con una anciana campesina, muy pobre ella, y le preguntó:

— ¿Si hoy aterrizase aquí un ser mágico y le concediera un deseo, qué le pediría?

— ¿Cualquier…cualquier cosa? — respondió la mujer con otra pregunta.

— Lo que sea.

— Le pediría una vaca.

— A ver, señora —insistió Caparrós incrédulo por el deseo— puede pedir lo que sea.

La campesina dudó unos segundos, se puso pensativa y finalmente se atrevió a soltarlo:

— Dos vacas.

El diálogo, que parece surrealista, es real y nos permite ver no solo la pobreza económica en la que se sumerge parte del mundo, sino la otra, la intelectual.

Cuando hablo de intelectual no me refiero a un ser de gafas rodeado de libros en una biblioteca, sino al entendimiento y la capacidad cognitiva racional del alma humana. Me refiero a la capacidad de pensar, de razonar, de desear algo más.

La historia de la campesina nos muestra el hambre en el que nos encontramos como humanidad. Se nos ha arrebatado la capacidad de soñar, de creer que algo diferente es posible. Nos han arrebatado tanto que, como a la mujer, nos hacen creer que la riqueza es algo insignificante.

Hemos llegado a pensar, como humanos, que no podemos aspirar a mucho; que nuestro éxito es recoger las migas de quien come en la mesa grande. El hambre intelectual es tan profundo que ni siquiera lo percibimos.

La imposibilidad de desear algo más grande, de desear algo más que un par de vacas es asumir que no somos capaces de mucho más.

Alguien nos ha quitado la comida intelectual de manera sistemática y ya no sabemos cómo era tener el plato lleno.