Hace unos días corrí para alcanzar el bus. Corrí y corrí mucho. Me apresuré por estar ahí antes que partiera. Finalmente subí y con el poco aire que me quedaba suspiré agitado.

Cuando pude calmarme miré el reloj y me di cuenta que era temprano. Me di cuenta que si cogía el siguiente bus llegaria bien, y el siguiente a ese también me habría servido.

En ese momento me cuestioné por haber corrido sin mirar el reloj antes. Me cuestioné por haber salido tan pronto de casa.

Luego surgieron las preguntas de rigor: ¿Qué estoy haciendo?

¿Por qué corría para alcanzar el transporte?

¿Acaso al siguiente tendría que esperarlo horas?

¿O era tan importante lo que tenía que hacer?

Como te imaginarás la respuesta que encontré no fue bonita ni satisfactoria. No tenía nada importante que hacer al llegar a mi destino. Simplemente tenía que ir a trabajar.

Me di cuenta que corría por innercia. Corría por costumbre; porque alguien te ha dicho que es lo que hay que hacer.

Hace unos años, cuando trabajaba en un periódico en Argentina, entraba en la oficina a las 8 de la mañana, me iba a mi casa a las 12 y volvía a las 6 de la tarde para preparar el cierre.

Pero con el tiempo me fui quedando más horas porque había cosas que hacer, porque me gustaba lo que hacía y porque no podía dejar nada inconcluso.

Al cabo de un año en ese ritmo me di cuenta que mi vida se resumía en dormir y trabajar. Comenzaba a las 8 de la mañana y me iba pasada la medianoche.

Un ataque de estrés me arrancó de ese ritmo y me hizo pensar que ya no sabía siquiera si me gustaba lo que estaba haciendo.

Había perdido la capacidad crítica de saber lo que disfrutaba y lo que no. Me había dejado llevar por lo que se esperaba de mi, no por lo que yo realmente deseaba.

Funcionamos como engranajes en una gran maquinaria donde hacemos cosas por la presión de grupo, por la imposición social y porque alguien nos ha dicho que es lo que debemos hacer.

Trabajar, correr, ir a sitios que no queremos, transitar caminos que no decidimos… La vida está llena de ese tipo de decisiones que creemos haberlas tomado nosotros.

Frente a la confusión necesitamos claridad y para ello la única manera es la atención plena, es el estar presente en cada minúscula cosa que hacemos y preguntarnos por qué lo hacemos, preguntarnos si nos llena, si nos hace felices y si quisiéramos usar ese tiempo en otras cosas.

Salir del ritmo de imposición social o económica, o del entorno que sea, no es fácil. Somos seres dóciles que si no aprendemos por la razón lo haremos por la fuerza. Se parece un poco a esa música que suena en la radio y que, sabemos, la terminamos cantando por costumbre y no porque nos agrade.

El paso difícil es tomar decisiones que estén relacionadas con el deseo más que con la obligación.

Saber lo que deseamos es un paso mucho más profundo, difícil y que merece una reflexión más profunda.

Por ahora trataré, al menos, de no correr tras bus y pensar, detenidamente, cada una de mis acciones ya que en la atención plena está la respuesta.