A la edad de cinco años me hice pis en la boca. Dicho así resulta gracioso, pero se requiere mucha destreza y precisión para conseguir tal hazaña; mucho más si se tiene un metro de altura y poca noción de física y cálculos matemáticos.

Hacerte pis en tu propia boca puede ser un hecho fácil de olvidar si no fuese porque sufres el síndrome de la hoja en blanco y lo único que te viene a la cabeza es ese hecho.

Hace unos días me pidieron que escriba una pequeña autobiografía para presentarla junto con un cuento. No se me ocurrió nada. Miento. En realidad se me ocurrió la historia del pis.

Pensé que contarle a un desconocido que te hiciste pis en la boca le abriría el corazón y me miraría con ternura. No sé qué me llevó a pensar eso, pero allí estaba yo, dándole rienda suelta a mi memoria.

El relato, breve, decía algo como:

Cuando era pequeño mis amigos y yo jugábamos a quién hacía pis más lejos. Por aquel entonces nos habíamos aburrido de lanzar cromos y tampoco nos entretenía tirar piedritas sobre el agua así que optamos por la versión más escatológica.

Los conocimientos que tiene un niño sobre hidrodinámica y física son bastante limitados, pero no lo supe entonces.

En un descampado formábamos una fila y cada uno apuntaba hacia adelante. Observando aprendí que quien llegaba más lejos era aquel que dibujaba un arco más grande en el aire. Fue así que se me ocurrió exagerar ese arco; exageré tanto que el chorro salió disparado hacia arriba en lugar de ir hacia adelante.

 

¿Por qué abrí la boca en ese preciso instante? Nunca lo supe y es algo que no creo poder responder algún día.

Algo dentro mio me dijo que no enviara aquello que había terminado de escribir así que me dediqué a leerlo mientras jugaba con el ratón del ordenador. Jugaba con el cursor del ratón, movía el correo de arriba hacía abajo, hacía circulitos con la flecha blanca y, sin darme cuenta, presioné el botón izquierdo con tal mala suerte que le di donde no debía.

“Su correo se ha enviado con éxito”, rezaba el mensaje.

Pasaron más de dos semanas desde que lo mandé y aun no tengo respuesta. Imagino que mi biografía no les provocó la ternura que me imaginé.

 

Fotografía de Robert Doisneau