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El papá de David

Cuando yo era pequeño, frente a mi casa, vivía un niño que se llamaba David que nos decía, muy convencido, que su papá era Superman y que, además, tenía superpoderes que lo hacían especial. Mis amigos y yo nos partíamos de risa.

David era un niño delgadito de pelo rubio extrañamente cortado como un beatle. Salía a la calle a jugar con nosotros y sin venir a cuento soltaba alguna de las maravillas de las que era capaz Raúl, su papá.

– Mi papá puede estirar los brazos tan alto que se cuelga de esos cables y se columpia -decía mostrando los cables del alumbrado eléctrico, altos como el cielo-. A veces, me sube a mi y desde ahí veo las casas de todos vosotros.

A veces veíamos al papá de David salir de su casa para ir a comprar el pan o pasear al perro. Aprovechábamos ese momento para mirar sus brazos pero no veíamos nada raro. Eran un poco fuertes pero gordos y no lo suficientemente largos como decía David. Cuando se acercaba disimulábamos observando los cables hasta que nos daba la espalda y volvíamos a mirarlo.

Nos reíamos un poco de David, lo criticábamos por sus ocurrencias y le hacíamos ver lo improbable que era estirar los brazos tan alto. Casi siempre triunfaba aquel que preguntaba cómo su padre hacía para recuperar el estado normal de sus brazos sin que se le cayera la piel, se le quebraran los huesos o padeciera algún estropicio por el estilo. David nos mandaba a pasear a todos, se enfadaba y un instante después estábamos jugando olvidándonos de las exremidades de su papá.

Pasaban los días y David volvía a la carga tratando de convencernos a todos nosotros, sus amigos, que su papá además de estirar los brazos tenía otros superpoderes.

– Mi papá es Superman -decía-.

– ¿Cómo que es Superman, David? Superman no existe -le respondía alguien-. Superman puede volar más alto que los cables y tiene una capa azúl y una camiseta con una “s”.

– Vosotros no sabéis nada -decía furioso-.

David se enfadaba y se iba. Un rato después salía su papá y nosotros, que generalmente estábamos jugando a las canícas o a la pelota, dejábamos todo y lo observábamos con atención. Él, como de costumbre, llevaba el pelo revuelto, tenía una barba tupida, era bajo y la barriga era como la de una señora embarazada. No se parecía en nada a Superman.

Tal vez era por la barriga, tal vez por la inmensa barriga que no creíamos que aquel hombre fuese un superhéroe, pero cuando David insistía casi con fanatismo se percibía en el ambiente un aire de duda; se podía notar cómo algunas miradas parecían preguntarse si podía ser verdad que aquel señor estiráse los brazos o volara por los aires.

Ahora, que soy mayor, pienso que David era un niño con sueños que idealizaba a su papá y que aquel hombre no podía siquiera correr más de una calle sin cansarse. Aunque debo confesar que a veces, en secreto, me pregunto si en realidad David sabía cosas que nosotros no podíamos ver y nos hayamos perdido la posibilidad de que nos llevaran a volar por los cielos. Tal vez, por desconfiados, todos los amigos de David no nos permitimos conocer a alguien realmente importante.

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